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El amor en los tiempos del COVID

Hoy no quiero escribir ni de la enfermedad ni del número de muertos ni dar opinión sobre las medidas para detener al virus que nos está privando de los abrazos prolongados y de la cercanía que nos caracteriza a los peruanos. Hoy quiero hablarles del amor inmenso que demostró, hasta el último de sus días, mi padre, Elmer Walter Baca Clavo. Sirvan estas líneas para rescatar lo realmente importante en la vida humana, a la vez de terminar de aceptar su muerte y contener la necesidad de tomar el teléfono, esperar unos segundos y decirle, aunque sea por última vez, “Aló, Cabeza, ¿Qué dice la buena vida chiclayana?”. 

En los últimos días, dejé de ver televisión para esperar con la ansiedad algo evaporada a que llegara el pico de la enfermedad, a que mi papá lo sobrepase, que logre tener atención de calidad y, de requerirlo, un ventilador que le permita seguir viviendo. Hicimos de todo para salvarle la vida: el SAMU llegó a realizarle pruebas rápidas, que resultaron negativas en dos oportunidades; intentamos que un médico lo asista en casa; internarlo en una clínica, que se negó a cumplir con su trabajo, por no tener protocolos seguros de atención; y terminó muriendo en un hospital del seguro social, que obtuvo gracias a sus casi 30 años de servicio público en el Instituto Nacional Penitenciario (INPE). Fue el amor a su trabajo el que lo hizo contagiarse al volver a su oficina, cuando la emergencia estaba en su máximo nivel en Lambayeque; y fue el amor que le tenemos el que nos hizo buscar con desesperación todas estas posibilidades. En ocasiones, el amor no es correspondido y, en otras, ninguna medida funciona. Mi solidaridad con todos aquellos familiares que, aun amando profundamente, no cuentan con opciones múltiples para curar a sus enfermos, por culpa de un sistema al que no vimos con seriedad desde hace décadas. 

El amar con pasión lo aprendimos de mi padre. El psicoanálisis tendrá que ayudar a explicar cómo un hombre cuyas circunstancias pudieron convertirlo en un asesino en serie, terminó sus días demostrando comprensión, sensibilidad, ternura, respeto, solidaridad y compasión. En pocas palabras, un amor infinito a la humanidad. A mi papá lo saludaban con absoluto respeto y consideración en cada lugar público que visitábamos. Jueces, fiscales, agentes penitenciarios, policías y ex convictos. Si alguien sabía estar con Dios y con el diablo, ese era mi papá. El respeto se lo había ganado con humildad, más respeto, con mucha humanidad y, claro está, con coraje en ocasiones convertido en fuerza. Había nacido en un lugar empobrecido que llevaba por sobrenombre “El Camalito”, donde tuvo que parar pelea para defender el honor, la familia y la comida. 

El doctor Baca miraba seres humanos con derechos y posibilidades, ahí donde el mundo entero veía delincuentes e inmundicia. Era un hombre que trabajaba en el INPE para rescatar personas y evitar lo que denominaba “círculo carcelario”. Según él, el trabajo penitenciario debía consistir en recuperar a un ser humano para el servicio a la sociedad y evitar que la descendencia de un interno volviera a pisar una cárcel. Todavía estaba vivo, cuando empezaron a reportarse motines y muertes en los penales. Diseñaba la estrategia de intervención, la comentaba conmigo, se quejaba de nunca haber sido convocado para liderar la institución a nivel nacional, pese a gozar de competencias académicas y de la experiencia profesional de tres gestiones liderando exitosamente penales sobrepoblados en cinco regiones de la zona norte del país. “Yo he concursado, he ganado el primer puesto a nivel nacional, pero ponen a cualquier muchachito inexperto con maestría extranjera frente a una institución que necesita empezar a ver a sus cuadros. Estos mocosos no saben ni dónde están parados, nunca han pisado un penal”, decía.        

Mi padre fue un hombre apasionado, que vivió intenso y a su forma durante casi 65 años. Pensé que lo perdería tres gobiernos después, mientras corría su moto roja por alguna autopista lambayecana; o por una bala perdida, al momento de defender a algún interno del abuso cometido dentro de un penal. Quería que mi padre muriera como vivió: en su ley, no por el contagio de un virus letal que me obligaría a llorarlo lejos y a disponer de sus restos a más de 700 kilómetros de distancia. 

Queda la satisfacción, sin embargo, de haber aprendido de él a amar con pasión, de servir al más vulnerable, y de haber compartido muy de cerca sus últimos años. Mi papá ha muerto y ha dejado un legado que ahora es reconocido por su familia, sus amigos y por sus compañeros del INPE. Con ellos tenemos que estar ahora, con todas estas personas que con el solo hecho de ingresar a un penal arriesgan sus vidas, a cambio de una remuneración irrespetuosa, porque de ellos también depende la resocialización de seres humanos que, en algún momento, regresarán a la calle. 

Muchos creen que mi padre fue un héroe por acudir a la institución, a pesar de los riesgos de contagio, a pesar de su edad. A los miembros de su familia nos queda un dolor inmenso con sabor a gloria, que no desearíamos que ninguna familia vuelva a percibir. Definitivamente, en el INPE el recurso humano no está bien valorado y, frente a esta crisis sanitaria, muchos no tendrán el privilegio de atención que tuvo mi padre. Eso es injusto, porque de los agentes penitenciarios no se deben esperar actos de heroísmo, sino el trabajo eficiente y responsable de cualquier otro servidor público. ¡Descansa en paz, Cabeza! Te llevamos en la mente y el corazón.


Fuente del vídeo: Insituto Penitenciario  

Escrito por Jean Pierre Baca Balarezo

Jean Pierre Baca Balarezo

Abogado con mención «sobresaliente» por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y Magíster en «Derechos Humanos» con mención «muy bien» por la misma universidad. Máster con mención «sobresaliente» en «Democracia y Buen Gobierno» por la Universidad de Salamanca (España). Se ha desempeñado como asesor comisionado en el Gabinete de Asesores del Defensor del Pueblo; asesor legal e investigador en materia de Derechos Humanos y Derecho Constitucional en Cedal – Centro de Derechos y Desarrollo; coordinador académico y docente en la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas de la PUCP; asesor principal en el Congreso de la República del Perú; y consultor legal en distintos Ministerios, entre los que destaca el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos y el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social. Actualmente, es profesor adjunto en la Facultad de Derecho PUCP, consultor en Derechos Humanos para la Defensoría del Pueblo y abogado asociado en el área de Derecho Constitucional e Internacional de los Derechos Humanos en el estudio jurídico «Echaíz Abogados».