por

La literatura de mujeres y la lucha por sus derechos

La literatura escrita por mujeres está muy unida a la lucha por los derechos femeninos en el Perú y en el mundo, pues es en la práctica escritural que las mujeres empezaron a encontrarse a sí mismas y a construirse una identidad. Comenzaron a no reconocerse en la idea de mujer que tenía el patriarcado para buscarse en su mismidad.

Esta práctica comenzó en los conventos, y el hecho de detenerse en la vida cotidiana, en sus experiencias religiosas, en sus sentires, les fue abriendo camino hasta llegar a su propio yo, y comparar lo que sentían, cómo se veían, con lo que les afirmaban que eran y debían de ser.

Como señala Mariemma Mannarelli, “es indudable que la vida conventual fue, por lo menos, un lugar propicio para el despliegue del yo femenino a través de la escritura”[1], y tal vez por ello los inquisidores consideraban peligroso que las mujeres escribieran.

La escritura fue fomentada y ordenada por los confesores como una forma de control; que podían ser publicables como enseñanzas devotas y modelos de ser mujer, pero, también, podrían dar lugar a sanciones si consideraban que quebraban las normas.

Entre estos últimos testimonios no podemos dejar de mencionar a las alucinadas, cuyas visiones las acercaban más a la experiencia física que espiritual, y que eran perseguidas por la Inquisición al considerarlas una amenaza por ir en contra de los dogmas y ser un mal ejemplo.

¿Cómo se sentirían las mujeres al verse despojadas de su intimidad, al verse obligadas a exponer sus sentimientos y sus relaciones con las/os demás, ante personas que desde ya las consideraban que eran inferiores y que solo debían acatar órdenes? Debió ser un ejercicio muy duro además de suscitarles sentimientos contradictorios, pues, por un lado, eran forzadas a mostrarse, y, por otro, se descubrían en lo más profundo de su ser.

Estamos hablando de los siglos XVI y XVII, en pleno régimen colonial, de conventos que reflejaban la división de clases de la sociedad, como lo podemos observar en la estructura del convento de Santa Catalina de Arequipa.

Fuera de la escritura conventual se conocen dos nombres, que son objeto de debate respecto a si son mujeres u hombres quienes escriben: Clarinda y Amarilis. Leyendo los largos poemas, percibo un sentir femenino y la demostración de conocimientos no lo considero un argumento sólido para afirmar que los autores son hombres. Muchas mujeres de la élite eran ilustradas, y el mayor ejemplo lo tenemos en sor Juana Inés de la Cruz, la primera sabia femenina en América Latina y la primera mujer en escribir literatura, quien persistió en su amor a las letras, a pesar de las presiones y de los conflictos entre la vida religiosa y la intelectual. Dice Octavio Paz, que sor Juana “tuvo plena conciencia de que su condición de mujer era la causa, declarada o tácita, de las censuras y las amonestaciones”, de las que fue objeto[2].

La educación negada

En 1858, el clérigo Francisco de Paula González Vigil publica Importancia de la educación del bello sexo, que se centra en la condición social de la mujer, en el que señala que, en lugar de compañera del hombre, la mujer era una esclava. Sin embargo, la imagen que tiene de la mujer es de alguien sin discernimiento, por consiguiente, debe ser moldeada por otro. Por un lado, el autor con este texto busca apartar a las mujeres de la influencia del clero (hay que recordar su larga lucha contra la iglesia) y, por otro, reconoce la importancia de la mujer en la formación del individuo con miras al fortalecimiento de la sociedad civil. Pero no era su intención el “vindicar a la mujer el ejercicio de los derechos políticos, o hacerla aparecer prestando su sufragio en las elecciones populares, y disputando al hombre los empleos y magistraturas”[3].

Posteriormente, Mariano Amézaga, en 1864, publica Instrucción de la mujer, en el que sostiene que “según esa misma doctrina evangélica, la mujer debe estar subordinada al hombre, no como esclava es verdad, pero como miembro inferior de su cuerpo, cuya cabeza es el varón”, para señalar luego la igualdad entre el hombre y la mujer y la necesidad de glorificarla para satisfacer una necesidad social; es decir, el ser esposa, luego madre, “institutora de sus hijos”[4].

Pero en estos debates no participaron las mujeres. Va a ser la generación de mujeres ilustradas, en la que resaltan las figuras de Clorinda Matto y Mercedes Cabello, las que van a escribir y demandar la educación y el trabajo para las mujeres, y como instrumento de su lucha van a tener la palabra escrita.

Recordemos que a América Latina también habían llegado los aires de liberación que tuvo como efecto la Revolución Francesa y la Ilustración, con la construcción del sujeto moderno, libre e igualitario, con un pensamiento liberal, emancipado de la tutela de la iglesia y de los monarcas. Las mujeres no escaparon de esta influencia innovadora e ingresaron al siglo XIX con nuevas energías. Escribir poesía era parte del ser femenino, pero escribir novelas o ensayos se concebía como un acto rebelde.

En 1889, Clorinda publica Aves sin nido, novela que es precursora de la corriente indigenista en el Perú, la cual reivindica al indígena, aunque considera que para lograr salvarlo hay que incorporarlo a la cultura occidental. La continuación de esta novela es Herencia.

Mercedes describe en sus novelas a la sociedad de aquel entonces, pues consideraba que la novela debía tener un carácter científico, al mismo tiempo era necesario “socializarla”, de tal manera que no fuera un simple deleite para las personas, sino que debía beneficiar a la sociedad[5]. En 1886, escribe Sacrificio y recompensa que obtiene el Primer Premio en el Concurso del Ateneo de ese año. Los amores de Hortensia, en 1887. Ese mismo año publica Eleodora. En 1888, Blanca Sol. Las consecuencias en 1989 y El conspirador en 1892. En todas ellas plantea problemas sociales.

Su ensayo La novela moderna sobre el debate entre novela romántica o novela naturalista, en el que ella se muestra partidaria de un realismo constructivo, ganó el primer premio del Concurso Hispanoamericano de la Academia Literaria de Buenos Aires en 1892. Sobre la mujer tiene diversos escritos como “La influencia de la mujer en la civilización”. “Necesidad de una industria para la mujer”, “La mujer escritora y su realidad”.

Con relación al siglo XIX, Giobanna Buenahora Molina[6] señala que en este periodo se va delineando una genealogía de literatura producida por mujeres que “están escribiendo su tiempo, escribiéndose a sí mismas y generando un proceso de resistencia desde la escritura y la oralidad”. Es decir, hablan no solo desde sus subjetividades, también del papel que tienen en su sociedad, y al hacerlo tomaron conciencia de los roles en los que estaban encasilladas.

Ella cita a la colombiana Soledad Acosta de Samper que en su obra La mujer en la sociedad moderna (1895), sostiene que:

Mientras que la parte masculina de la sociedad se ocupa de la política, que rehace las leyes, atiende al progreso material de esas repúblicas y ordena la vida social, ¿no sería muy bello que la parte femenina se ocupara en crear una nueva literatura? Una literatura sui generis, americana en sus descripciones, americana en sus tendencias, doctrinal, civilizadora, artística, provechosa para el alma; una literatura tan hermosa y tan pura que pudiera figurar en todos los salones de los países en donde se habla la lengua de Cervantes.

Es decir, las escritoras estaban buscando construir una nueva literatura desde las mujeres, pero que fuera integral, que represente a Hispanoamérica al mismo tiempo que las exprese en toda su diversidad. Sin embargo, esta literatura también debía formar a nuevas mujeres:

La lectura de las biografías de hombres grandes y virtuosos es excelente, pero esta nada enseñará a la niña para su propia conducta, y la mejor para la joven de estos países será aquella que le presentará ejemplos de mujeres que han vivido para el trabajo propio, que no han pensado que la única misión de la mujer es la de mujer casada…

Buenahora también menciona a Clorinda Matto de Turner, cuando el 14 de diciembre de 1895 presenta su conferencia “Las obreras del pensamiento en la América del Sud” en el Ateneo de Buenos Aires. En esta denomina a las escritoras como las “verdaderas heroínas”, que tienen que luchar contra la calumnia, la rivalidad y la indiferencia para poder acceder a la educación. Ella había vivido todas estas experiencias que la obligaron a exiliarse.

Para las mujeres del siglo XIX, no fue fácil, ya que si escribían sobre lo doméstico y desde su experiencia maternal eran condenadas por ser obras que carecían de importancia, y si escribían de aspectos públicos y filosóficos, igualmente eran censuradas porque habían abandonado su feminidad[7] y, por tanto, el lugar que les correspondía.

Acaso como táctica las mujeres se adecuaban a los gustos predominantes para hacerse visibles, una táctica que les dio resultado porque aparecían en los periódicos y revistas de la época, como sucedía en el Perú y en otros países.

En ese sentido, las escritoras del siglo XIX actuaron como modelos intelectuales para las escritoras de las primeras décadas del siglo XX en América Latina como:

Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba, 1814-1873), Soledad Acosta de Samper (Colombia), Juana Manuela Gorriti (Argentina 1818-1892), Mercedes Cabello (Perú, 1842-1909), Clorinda Matto (Perú 1852-1909), Adela Zamudio (Bolivia 1854-1928), entre otras, que “consiguieron cuestionar la aparente división entre espacio público y espacio privado y el ideario de la domesticidad”[8].

Nueva literatura, diferente a la del sistema patriarcal; nuevas mujeres, desde nuevos saberes; nueva ciudadanía para Hispanoamérica. Esta agenda las llevó a traspasar las fronteras. Así, Juana Manuela Gorriti llega al Perú y propicia las veladas literarias y las reflexiones sobre el quehacer literario, pero también sobre las naciones latinoamericanas y sobre una nueva ciudadanía que incluyera a las mujeres.

De alguna forma construyeron alianzas más allá de sus propios países, pero no solo eran escritoras, eran lo que hoy llamaríamos gestoras culturales quienes creaban revistas, poseían imprentas, daban a conocer a mujeres intelectuales de todos los tiempos, fomentaban el debate literario y de contexto, y apoyaban la educación de las mujeres.

Las primeras “críticas” literarias

Antes de ingresar a las escritoras del siglo XX, es necesario resaltar a Zoila Aurora Cáceres (1877-1958), quien es considerada por Lady Rojas como “la primera crítica experta en literatura femenina y feminista”, con la publicación de su obra Mujeres de ayer y de hoy (1909), considerado un libro pionero en las letras peruanas:

porque fundamenta con una perspectiva de género no solo la historia de la condición histórica de las mujeres en el mundo, sino que además articula los discursos literarios y su impacto en la sociedad, proponiendo transformaciones en las mentalidades para obtener la igualdad de derechos y la justicia…[9].

Otro personaje que Rojas destaca, en este sentido, es Ángela Ramos que desarrolló un trabajo periodístico, teatral y literario que le permitió sacar de la marginalidad a diferentes escritoras, además, expone las dificultades que encuentran las mujeres para la creación. También, resalta los cambios históricos que se dieron en el Perú desde que las mujeres entraron al mercado de trabajo, aunque es consciente que a pesar de todo este contexto es difícil que cambie “la idiosincrasia dominante de las madres ni de las autoridades” (p. 48).

Asimismo, está Magda Portal que supo intuir que la mentalidad dominante buscaba impedir que las mujeres pensaran por cuenta propia, de allí que las exhortara a su propia transformación e independencia. Como precisa Lady Rojas, Magda Portal “analizó con una metodología dialéctica la situación de marginación total y dependencia de la mujer en la sociedad peruana, reveló su estado de ‘víctima, en mayor proporción que el hombre, de la explotación capitalista-imperialista’” (pp. 56-57).

Para Magda Portal, las mujeres tenían que ser doblemente revolucionarias, primero, para transformarse a sí mismas y, luego, para transformar la sociedad.

Las escritoras de las primeras décadas del siglo XX

Se ingresa al siglo XX con hechos que conmovieron y transformaron el mundo, como la Primera y, luego, la Segunda Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Es el contexto de la lucha por las ocho horas, los vestidos de las mujeres se acortan, se descubre la píldora, las mujeres comenzaron a entrar al mundo laboral en masa, es una oportunidad para demostrar sus capacidades a sí mismas y a los demás.

Las mujeres continuaban siendo juzgadas como menos inteligentes, menos capaces que los hombres. Romper con este estigma era y continúa siendo una lucha. En un artículo titulado “Educación popular”, publicado en Punta Arenas el 21 de septiembre de 1918, Gabriela Mistral señalaba al respecto: 

Las mujeres formamos un hemisferio humano. Toda ley, todo movimiento de libertad o de cultura, nos ha dejado por largo tiempo en la sombra. Siempre hemos llegado al festín del progreso, no como el invitado reacio que tarda en acudir, sino como el camarada vergonzante al que se invita con atraso y al que luego se disimula en el banquete por necio rubor[10].

Al contexto se suma el hecho que la intelectualidad hasta antes del siglo XX, se concentraba en un grupo masculino cerrado que estructuró la cultura y que giraba en torno al poder desde el siglo XVI, tal como lo sostiene el crítico uruguayo Ángel Rama[11].

En 1911, María Jesús Alvarado, en una conferencia dada en la Sociedad Geográfica de Lima, va a analizar los principios que fundamentan el feminismo, y plantear una agenda básica, además de la educación y el trabajo, los mismos derechos civiles para las mujeres al igual que los hombres, que se libere a las mujeres casadas del dominio de los esposos, y el derecho político para intervenir en los destinos del país.

Un porcentaje importante de los manuscritos de María Jesús lo representa su trabajo literario: escribió teatro, tanto dramas como comedias; teatro infantil, poesía, relatos, novelas radiofónicas y guiones para cinematógrafo. Y, finalmente, cuatro novelas. Esto expresa la constante búsqueda de María Jesús Alvarado de nuevas formas para expresar su propuesta, cómo llegar con su mensaje a los diversos públicos y generar el cambio.

A finales de la década de 1920, ya eran visibles escritoras que se desarrollaban en el campo académico, cultural, periodístico y político, no solo en el Perú, en América Latina en general, y que de alguna forma estaban conectadas, pues eran asiduas viajeras, como Gabriela Mistral (1889-1957, Chile), Teresa de la Parra (1889-1936, Venezuela), Victoria Ocampo (1890-1979, Argentina), Camila Henríquez Ureña (1894-1973, República Dominicana), Palma Guillén (1898-1975, México), Magda Portal (1900-1989, Perú).

Las mujeres hicieron un gran esfuerzo por estar en la historia y ser consideradas ciudadanas, un aspecto que fue poco resaltado por historiadores, acaso porque consideraban que la no ciudadanía de las mujeres era un tema de menor importancia. Un ejemplo, es su derecho al voto.

Las mujeres para ingresar al mundo literario se enfrentaron a muchas dificultades, como nos muestran las historias de Clorinda Matto o Mercedes Cabello. En primer lugar, tenían que forjarse una educación, salir del gueto que representaba el espacio doméstico al que habían sido confinadas. Ellas estaban mediadas siempre por un hombre, como diría Kierkegaard (Dinamarca, 1813-1855), la mujer para trascender tiene que hacerlo a través de un hombre; así, pues, por naturaleza, a ellas les correspondía la intrascendencia. Y, como no podían hacerlo como mujeres, adoptaron seudónimos masculinos o definieron la literatura como andrógina como lo hiciera Virginia Woolf.

A partir de estas primeras décadas, muchas autoras han alcanzado fama universal y se han recuperado a otras que forjaron, contra toda convención, poesía y novelas de calidad que hasta hoy en día despiertan un gran interés y se han convertido en clásicos de la literatura. Ellas son inspiración para escritoras de todo el mundo en razón de seguir desafiando las reglas que siguen siendo impuestas mayormente por los hombres.

Hay un texto clásico de la crítica argentina Marta Traba (“Hipótesis sobre una escritura diferente”) señala la necesidad de que las mujeres escriban desde su propia especificidad, es decir, desde su posición de contracultura, elaborar, escribir, proyectarse desde su ser mujer, hablar por ellas mismas, y que juzguen su literatura con la misma rigurosidad que se plantea para todo texto literario. Interpreto esta demanda que las mujeres deben escribir desde su voz poética, aun cuando esa voz sea desde los marginados; pero tiene que ser una voz individualizada, personalizada, desde su propio universo.

Lo cierto es que las mujeres han construido una literatura reconocida en el mundo, aunque este reconocimiento demoró en llegar, y todavía es reacio a aceptar a las mujeres, como lo demuestra el hecho que Joanne Rowling fuera obligada a publicar Harry Potter y la piedra filosofal solo como J. Rowling, para ocultar su género, pues la editorial consideró que su libro no iba a generar la atención de las/os adolescentes si sabían que había sido escrito por una mujer.

Aún las editoriales dan más atención a los manuscritos firmados por hombres que por mujeres, se sigue leyendo más a los hombres que a las mujeres y se ha dividido el mercado en literatura para mujeres y para hombres, olvidando que lo que posiciona un texto literario no es el género, sino la calidad y la creatividad del/la autor/a, y su capacidad para llegar a lo más profundo de su lector/a.


Bibliografía:

[1] María Emma Mannarelli (1998). Hechiceras, beatas y expósitas. Mujeres y poder inquisitorial en Lima. Lima: Ediciones del Congreso del Perú, p. 52.

[2] Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1990). Argentina: Fondo de Cultura Económica, p. 555.

[3] Citado por Helen Orvig en “Una lectura crítica (a Importancia de la educación del bello sexo de Francisco de Paula González Vigil), en ¡Comprendí por qué éramos tantas! El despertar de las mujeres en el Perú. Lima: Centro Flora Tristán, Universidad Peruana Cayetano Heredia, p. 65.

[4] Citado por Maritza Villavicencio en Del silencio a la palabra. Mujeres peruanas en los siglos XIX y XX (1992). Lima: Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, p. 42.

[5] Augusto Tamayo Vargas en su prólogo a La novela moderna. Estudio filosófico (1948). Lima: Ediciones Hora del Hombre S.A.; p. 10.

[6] “Escribir para no ser silenciadas: mujeres, literatura y epistemología feminista” (2016). En: Lecturas críticas en investigación feminista. Norma Blazquez Graf, Martha Patricia Castañeda Salgado (coordinadoras). México: Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 195-214.

[7] Catharina Vallejo, citada por Buenahora, ibídem, p. 209.

[8] Carla Ulloa Hinostroza (2016). “Poder, cultura y saber. Una pregunta por las intelectuales: Gabriela Mistral en México 1922-1924”. En: Lecturas críticas en investigación feminista. Norma Blazquez Graf, Martha Patricia Castañeda Salgado (coordinadoras). México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 180.

[9] Canto poético a capella de las escritoras peruanas de 1900 a 1960 (2010). Lima: Editatú, Editores e Impresores, pp. 28-29.

[10] Citada por Ulloa Hinostroza, ibídem, p. 177.

[11] Citado por Ulloa Hinostroza, ibídem, p. 179.

Escrito por Gaby Cevasco

Gaby Cevasco

Periodista y escritora. Ha publicado Entre el cielo y la tierra, el fuego (cuentos) 2014, Nuevo testamento (poesía) 2010, Detrás de los postigos (cuentos) 2000, Sombras y rumores (cuentos) 1990. Sus cuentos han sido publicados en antologías de Colombia, Ecuador, Estados Unidos, Perú, y en revistas de Bolivia, Canadá y Argentina. Y su poesía en una antología francesa de poetas peruanas. Sobre trabajo con mujeres ha publicado: Comunicación por radio: ¿cómo acercarnos a las mujeres de la comunidad (2019), Las/os adolescentes y jóvenes y el ejercicio de su ciudadanía. Manual básico de abogacía o advocacy en educación sexual integral (2018), Salud y violencia de género contra las mujeres. Guía para la reflexión entre operadores de establecimientos de salud (2018). Ha trabajado en diarios y revistas, pero su mayor trayectoria la realizó en el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán desde 1988 hasta el 2012. En esta institución, desde el 2004, viene impulsando el Círculo Universitario de Estudios de Género que se convoca cada año en el mes de marzo.